20 años, 20 historias: “En la cancha empujábamos para el mismo lado como hermanos”

Gaby Lobos expresó que el ascenso a la máxima categoría de Los Andes le dejó todo en lo afectivo, imposible no emocionarse con el logro, porque es el equipo de su barrio y del que es hincha.

¿Cómo encararon el torneo que finalizó en ascenso a Primera, cuando en un principio llegaron muchos futbolistas poco reconocidos?

Tras quedar espantosamente fuera del Reducido en un megatorneo donde clasificaron todos los equipos menos nosotros, los poco sobrevivientes de ese plantel de Los Andes veíamos llegar a futbolistas prácticamente desconocidos porque no tenían chapa de ser conocidos o haber jugado mucho. Jorge Ginarte, junto con Sergio Benet y Antonio Farano, armaron todo de cero, aunque a muchos los tenían estudiados. Al principio el equipo comenzó a funcionar y ser muy fuerte, gracias al mérito del cuerpo técnico. Además todos teníamos una revancha profesional, nosotros por la mala campaña y los otros porque no tenían espacio en su equipo o estaban libres. Nos juntamos justo en el momento indicado y salió algo soñado, imposible diagramar al finalizar con una campaña de 42 partidos con tan solo tres derrotas, ganar clásicos y ascender.

¿Cuáles fueron los pilares para el cambio de objetivo de intentar salvarse del descenso a pensar en Primera?

El grupo era muy unido y en la cancha empujábamos todo para el mismo lado como hermanos. Nos basamos siempre en la humildad, sacrificio, trabajo y tirar para el mismo lado, toque a quién le tocaba jugar, algo difícil de conseguir. Durante los entrenamientos se veía el compromiso de aquellos que estaban fuera de los once iniciales, que obligaba y exigía prácticamente a dar el doble, ya que nadie tenía el puesto asegurado. Esto generó un crecimiento grupal. Por otro lado, arrancamos peleando el descenso pero a medida que fue avanzando el torneo, el equipo se consolidó en todas sus líneas: no le hacían goles, tenía un mediocampo aguerrido y los delanteros hacían mucho daño a las defensas rivales, además que los cambios eran productivos y sumaban como el caso de Caiafa, Armoa o Gianfelice. Generábamos mucha presión y no parábamos de meter y correr. El conjunto era bastante parejo en su rendimiento y en sus tres líneas, con personajes como el ‘Flaco’ Nasta: la paraba, la levantaba y la sacaba de la cancha. “Hago esto para desmotivar a los rivales”, me decía. Así se generaba un clima de confianza y respaldo en que todos estábamos tranquilos que no pasaríamos sobresaltos.

A medida que avanzó el torneo y fuimos cruzando etapas, uno de los partidos claves fue ante All Boys al ganar 3-0 porque definitivamente nos habíamos olvidado del descenso y estábamos muy cerca del ascender directo o el reducido. Uno se sentía cómodo y confiado en el equipo porque estaba seguro que no le convertirían goles. Tras perder contra Defensa y Justicia, el equipo tuvo su mejor momento que explotó en el reducido y finales. Esto salvo el empate en tres contra Quilmes, un imponderable del fútbol porque a pesar de jugar uno de los mejores, la igualdad en el descuento nos privó de jugar las finales directas.

¿Allí llegó el brindis para jurarse el ascenso?

Sí, después del empate con Quilmes en el último partido del torneo estábamos muertos. No volaba una mosca en el hotel que quedamos concentrados y en el momento de la cena estábamos callados, no hablaba nadie. Con el ‘Flaco’ Nasta, le pedimos permiso a Sergio (Benet) para abrir un Champagne. Descorchamos y brindamos porque íbamos a lograr el ascenso en el Reducido, mientras todos nos miraban como si estuviéramos  locos. Allí nos juramos ascender a pesar que nos mandaron hacerlo por la escalera. El equipo explotó porque una vez cumplido zafar del descenso y con muchos puntos de sobra para mantener la categoría, todo por delante era yapa. En el vestuario de Mendoza, tras haber igualado en cero con Independiente Rivadavia, en que Sala tapó como diez mano a mano, les dije a los muchachos que si no perdimos este partido no lo hacemos más. Era una motivación detrás de otra como jugar contra el más goleador, Almagro, en que mantuvimos los dos partidos el cero. Así fuimos tomando confianza.

¿También debe haber sido muy especial eliminar a Banfield antes de llegar a la final?

Quería esa semifinal con Banfield, eliminarlo, dejarlo en la categoría y finalizar ascendiendo. Se cumplió lo que todo hincha de Los Andes soñamos. Si bien todos los simpatizantes Milrayitas disfrutamos mucho, desde adentro se hizo el doble, al ser hincha y poder jugarlo. Algo soñado. En la cuarentena me la pasé mirando esos partidos; ya los pendrives y CDs los tengo prendidos fuego. Disfruto ver el partido contra Banfield y se me pone la piel de gallina al revivir ese momento. Fue increíble lo que ocurrió en ese año, una alegría tras otra.

Aprovechamos que muchos hinchas iban al hotel de Constitución en la noche previa a los partidos para hacer banderazos y siempre nos quedábamos con algo: bombos o banderas. Parecíamos la hinchada al llegar a las diferentes canchas cantando y golpeando bombo. Teníamos confianza, tranquilidad y vivíamos cada momento como único. Después del 2 a 0 ante Quilmes pensábamos que no se nos podía escapar porque creíamos tener más del 50% del ascenso, que nos daba tranquilidad. Además esto se reflejaba en la gran cantidad de gente que nos acompañó al llegar a la cancha de Quilmes, aunque fue constante durante todo el torneo, incluso cuando comenzamos peleado para zafar del descenso.

¿Cómo lo diferencias hay con el ascenso que obtuviste en 1994?

Es incomparable porque en el primero tenía 19 años y estaba haciendo mi primera experiencia profesional. Motivaba mucho que al ascenso llegó cuando comenzaba ser habitual titular y hacía mis primeras armas. Además integraba el plantel con jugadores consagrados. Lo disfruté más por el lado personal que por el logro. El otro fue completo porque había cumplido 26 años, estaba en un mejor momento y el ascenso a primera tiene otro valor. Después de esa consagración me mantuve siete años jugando en la máxima categoría con Huracán, Rafaela, Quilmes e Instituto.

¿Qué te dejó ese campeonato que consagró a Los Andes a jugar en Primera?

El ascenso me dejó algo imborrable en todos los órdenes de la vida porque hasta hoy al caminar por Lomas, muchos se acercan a agradecer por el ascenso a Primera. Para mí es el equipo de mi barrio y del que soy hincha. Mi viejo me llevó con cuatro años de la mano por primera vez a la cancha de Los Andes. Es el equipo en que toda mi familia y amigos son hinchas del club, al igual que el barrio. Es imposible no emocionarme con el logro. Me dejó todo en lo afectivo. Después de los festejos, vecinos e hinchas Milrayitas me llevaron a caballito a dar la vuelta manzana como olímpica, cuando estaba de entre casa. Así fueron a buscar uno por uno a los jugadores que sabían la dirección para hacer lo mismo. Estábamos todos enloquecidos. Incluso me pusieron pasacalles frente a mi casa que aún tengo guardados. Increíble en todo sentido. Igual no me quiero morir sin ver nuevamente a Los Andes en Primera…

 

Domingo 5 de Julio de 2020 | Datos y Estadísticas

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